MAMÁ DE LUCHA CASTRO: MAESTRA Y EMPRESARIA QUE TRANSGREDIÓ EL ORDEN PATRIARCAL

mamá de lucha

Bertha Rodríguez Ríos, mamá de Lucha Castro, fue una empresaria que transgredió el orden patriarcal, una maestra que hizo todo lo que pudo para dar educación a sus hijas y una mujer solidaria con sobrinas y sobrinos a quienes abrió las puertas de su casa para que pudieran estudiar.

A continuación la semblanza que escribió su nieta Liliana Aragón Castor, quien reside en Barcelona, España:

La Maestra

Mamá Bertha y sus hermanas tuvieron la fortuna de que su padre Constantino Rodríguez fuera un hombre muy culto, un intelectual de izquierda con gran compromiso social, fundador del primer ejido en el país, y del Partido Comunista en México. Y que por ende, no marcara diferencias entre sus hijas e hijos en cuanto al acceso a la educación.

En la década de 1930 cuando nace mamá Bertha, México era un país mayoritariamente rural. 74.4 de cada 100 habitantes vivía en comunidades rurales y el 61.5% de la población era analfabeta, por lo que el acceso a los servicios básicos y a la educación era muy limitado para la gran mayoría de la población.

También era común que las familias en general, pero sobre todo en los pueblos, dieran prioridad a los varones para que estudiaran con el pretexto de que serían los proveedores de familia, en cambio las mujeres contraerían matrimonio y se quedarían en casa. De tal suerte que las pocas mujeres que podían estudiar, debían desplazarse a las ciudades que era donde estaban situados la mayoría de los centros educativos.

Mamá Bertha salió de casa a los 8 años de edad, rumbo a Chihuahua capital para terminar la primaria, ya que en su pueblo sólo se impartía hasta el tercer grado. Durante ese tiempo vivó con una tía materna y supongo que a su corta edad, el cambio de vivir en un pueblo a una ciudad debió haber sido muy impactante. En el pueblo, por ejemplo, no había coches y se alimentaban de sus propias cosechas y animales.

Cuando terminó sus estudios de primaria, entró a la Escuela Normal Rural “Ricardo Flores Magón” para estudiar educadora. Esta escuela fue fundada en el año de 1931. Las finalidades fundamentales de la escuela en esa época fueron: “preparar técnica, cultural e ideológicamente a las alumnas para capacitarlas en la lucha por su emancipación; preparar maestras que conocieran a fondo las modalidades de la vida campesina y se convirtieran en paladines de la superación de las masas populares; explicar a los alumnos y alumnas, el deber que tienen de hermanar sus luchas con las masas obreras, campesinas y magisteriales del país e imprimir en las clases un amplio espíritu de solidaridad internacional con posturas antibélicas”.

La escuela era un internado en donde había jóvenes procedentes de otros estados del país, que llegaban a la comunidad Ricardo Flores Magón a realizar sus estudios para ser maestras rurales y contribuir con el desarrollo de México. Por tal motivo, esta etapa representó para mi abuela una de las más felices de su vida.

Al graduarse como educadora se fue a trabajar a una pequeña escuela en un pueblo llamado Progreso, en un cuarto habilitado como aula en donde llegaban niños y niñas de todas las edades. En esa época fue cuando conoció a mi abuelo Juan Castro Vigil, un hombre 11 años mayor que ella, con poca educación, pero muy trabajador.

En aquel entonces, las costumbres dentro del noviazgo era que las mujeres debían estar siempre acompañadas de una chaperona, y cuando decidían casarse, el novio  debía de hacer la petición al padre de la novia. El padre de la novia debía de otorgar su consentimiento, el cual, podía tardar meses o incluso un año.

Mi abuela se casó en 1948 y se fue a vivir a Villa Ahumada, un pueblo al norte del estado de Chihuahua, dejó su profesión de maestra y a sus 22 años ya había tenido a sus cuatro hijas, quienes nacieron en su propia casa con ayuda de una partera. En aquel entonces no había servicios médicos en el pueblo y en caso de emergencia, había que transportarse en vehículo prestado a la ciudad más cercana que quedaba a tres horas de distancia por un camino de terracería.

En 1955 mi abuela se trasladó con sus hijas a la ciudad de Chihuahua con el principal objetivo de que mi madre y mis tías tuvieran una educación de calidad. Por tal motivo, las inscribió en un colegio privado de monjas. Mamá Bertha siempre se involucró en los asuntos escolares, participando activamente en las juntas y en la mesa directiva de la sociedad de padres de familia.

La empresaria que transgredió el orden patriarcal

Mi abuelo se dedicaba a la perforación de pozos de agua. El negocio fue creciendo, por ello tuvo que trasladarse al sur del país a trabajar, a unos 3,200 kilómetros de Chihuahua.

Por tal motivo, mi abuela quedó sola al frente de la educación de sus hijas y de la administración de la empresa dedicada a la perforación de pozos de agua. En 1960 en pleno auge del suministro de agua potable en las zonas rurales del país, establecieron una oficina en la Ciudad de México y la empresa obtuvo numerosos contratos.

Mi abuela se dedicó a administrar exitosamente el negocio de la perforación de pozos de agua, una actividad que trasgredía completamente con los roles de género de la época, porque se trataba de una mujer al frente de una empresa que giraba en torno a una actividad predominantemente masculina. Durante la entrevista con mi madre, ella me compartió una reflexión sobre esta época:

“Recuerdo que mi padre decía siempre: Yo soy un burro para trabajar, pero de números no sé nada, entonces le entregó toda la administración de la empresa a mi madre. Mi madre fue la administradora de una empresa en México eminentemente masculina como es la perforación de pozos, fue la primera mujer en todo el país que fue directora, dueña o empresaria de la perforación de pozos”.

“El mundo laboral fue donde mi madre se desenvolvió más, donde yo siempre la tengo ubicada, en el mundo empresarial todavía fue mucho más allá, rompiendo los patrones cuando se convirtió en una empresaria de la perforación de pozos, donde toda la planta de trabajadores es absolutamente es masculina, en donde hay que ir a campo, a llevar barrenas, es otra dinámica, no es un trabajo 100% de oficina, sino del campo”.

Mi abuela tuvo que compaginar su vida laboral con la educación de sus hijas, estar al frente de la oficina en Chihuahua, coordinar otra oficina en la capital del país, al tiempo que sus hijas crecieron, se casaron y formaron sus propias familias.

El éxito de la empresa permitió a mis abuelos tener una vida muy privilegiada, viajar por el mundo, tener una enorme casa la cual recuerdo con mucho cariño, porque ahí pasé muchos días de mi infancia. En especial recuerdo la enorme colección de elefantes de mi abuela, conformada por más de mil piezas de todos los materiales y de varios países, en una habitación diseñada especialmente para ello.

Mamá Bertha, tejiendo lazos de sororidad

Mamá Bertha pudo darse por satisfecha de construir una importante empresa y brindar una educación de calidad a sus cuatro hijas. Sin embargo, debido a su formación de maestra, y tal vez influida por la ideología de su padre y su propia experiencia de vida, optó por acoger en su casa a 14 mujeres con el objetivo de que estudiaran.

De este modo, mi abuela tejió una red de sororidad para que mujeres pobres y procedentes de los pueblos, pudieran trasladarse a la ciudad, habitar en su casa y estudiar en instituciones educativas para desarrollarse profesionalmente. Las apoyaba brindándoles un hogar, pagando por sus estudios, libros, uniformes y con la realización de los deberes.

La mayoría de las mujeres que llegaron a vivir a casa de mi abuela eran sus sobrinas, hijas de hermanos o hermanas de mi abuelo. Maruca, Luz, Lupe, Teresa y Emma eran sordomudas, asistieron a una escuela especial gracias a mi abuela, Carmela, Rita, Ofelia, Oralia, María, Elva, Silvia Lorena, Diana Marissa, y Yolanda.

La mayoría de ellas optaron por estudiar para educadoras, carreras propias de su género, repitiendo los patrones tradicionales de lo que debían estudiar las mujeres. Aun así, en la década de 1960, tener la posibilidad de trasladarse a la ciudad para estudiar, significaba mucho en la vida de esas mujeres. Porque las oportunidades de desarrollo para ellas en los pueblos eran muy limitadas, y seguramente con estudios y con una profesión, podrían obtener un trabajo remunerado que les diera autonomía económica.

Infiero que mi abuela conocía el impacto positivo y transgresor que los estudios podían generar en la vida de las mujeres, porque ella lo había experimentado desde los 8 años, cuando salió su pueblo San Lorenzo rumbo a la capital para continuar con sus estudios.

A su corta edad se convirtió en la maestra del pueblo, una figura con autoridad moral y reconocimiento social. Sabía que las mujeres necesitaban adquirir conocimientos y oportunidades para trasladarse a la esfera pública, al igual que ella lo hizo, cuando se convirtió en una exitosa empresaria de la industria de la perforación, llevando las riendas de su vida con entereza y autodeterminación.

Por eso, mi abuela no dudó en llevarse a vivir a sus hijas a la ciudad cuando entraron en edad escolar, para ampliar sus posibilidades educativas, pero tampoco lo dudó cuando acogió durante muchos años a varias mujeres de la familia para que cursaran sus estudios. Y lo hizo desde la perspectiva de la sororidad, tejiendo redes que abrieron un camino distinto al que hubieran tenido que recorrer aquellas mujeres pobres, del pueblo y con escasa o nula educación.

La alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos de la opresión y por crear espacios en que las mujeres puedan desplegar nuevas posibilidades de vida

Sin duda, el acceso a la educación y a la justicia representa en las mujeres tener otras posibilidades de vida.

Mi tía Beticho tuvo la oportunidad de recabar algunas impresiones de las familiares de mi abuela que vivieron en su casa por motivos de estudio. Al día de hoy, ellas  recuerdan a mi abuela como una mujer muy especial en sus vidas, una persona a la que le deben parte de su formación, que les abrió las puertas de su casa y que las trató como a sus propias hijas.

Mamá Bertha logró establecer alianzas sororiales con muchas mujeres que se cruzaron por su camino, aunque aquí sólo se ha abordado el tema de las redes que tejió a favor de la educación de las mujeres, seguramente existen otros pasajes de su vida a favor de las mujeres

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